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Revista Bruma La revista del mar de Descubrir.com
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Zihuatanejo: donde todo puede volver a empezar

Entre el Pacífico y la Sierra Madre, esta ciudad de México conserva el pulso de un pueblo pesquero entre mercados, cocina guerrerense, ballenas, manglares y playas.

Zihuatanejo: donde todo puede volver a empezar

Ixtapa y Zihuatanejo son técnicamente el mismo municipio, pero funcionan como dos estados de ánimo distintos. A casi todo viajero que desembarca aquí le llega en algún momento un destello de Cadena Perpetua. Stephen King eligió esta bahía para el final más optimista del cine carcelario y, desde entonces, el nombre de Zihuatanejo circula por el mundo con ese peso añadido de destino donde todo puede volver a empezar. El cliché no molesta tanto como debería porque, a diferencia de la mayoría de los clichés, está a la altura de su reputación. 

Ixtapa se construyó a partir de los años setenta como destino turístico planificado, con la lógica fría del Fonatur, el organismo federal que levantó también Cancún, y los campos de golf que Robert Trent Jones diseñó junto a Robert Van Hagge en la parte trasera de Las Brisas. Zihuatanejo, al otro extremo de la carretera costera, conserva la morfología y el ritmo de un pueblo pesquero que la marea del turismo ha ido bañando sin terminar de borrar. En 2023 recibió el nombramiento de Pueblo Mágico, lo que en este caso no es un eufemismo administrativo.

Un mercado y un desayuno con corazón

Zihuatanejo amanece pronto. En el mercado municipal de Zihuatanejo, cuando los comerciantes todavía colocan sus puestos, el ruido es el de las cajas de plástico sobre el suelo de cemento y el de los vendedores que se saludan entre sí en esa cadencia relajada de la costa grande de Guerrero. Mangos de Manila, aguacates del tamaño de un puño y huachinango recién descargado de las pangas, las barcas tradicionales de los pescadores conviven en los pasillos estrechos con frutas que no había visto nunca. 

El mercado no está pensado para el turista y por eso enamora. Fruterías, tiendas de carne seca, pescado fresco, farmacias de remedios naturales y las mejores taquerías de la ciudad, que permanecen animadas durante toda la mañana como si en México no existiese una hora determinada para comer.   

A pocos minutos de ahí, Carmelitas Café ha conseguido combinar el aspecto de un local familiar de toda la vida con el diseño que tendría un beach club bohemio en Ibiza. Carmelita Meneses, costeña de la costa grande, hija número once de una familia de trece hermanos que creció en una finca entre palmeras de coco, lleva más de cuatro décadas construyendo un rincón de gastronomía guerrerense que ha enamorado a locales, turistas e incluso algunos chefs internacionales como Rick Bayless y Michael Symon, que lo recomendaron cuando visitaron la ciudad.

El desayuno más tradicional es el aporreadillo, carne seca desmenuzada guisada con tomate y chile, o las enchiladas costeñas de chile guajillo con cecina. El mole que prepara Carmelita, a partir de la receta de su madre con guajillo, costeño, ancho, plátano macho frito, chocolate, canela, ajonjolí y semilla de calabaza, entre otras cosas, no tiene la textura espesa de los moles del altiplano. Es más ligero, más de costa, hecho con los chiles que había a mano cuando nadie pensaba todavía en importar nada. "Cada familia tiene su receta", dice sin entrar en más detalles.

El paseo del pescador y el artesano

El Paseo del Pescador conecta el muelle municipal con Playa La Madera a lo largo de casi dos kilómetros de adoquines, esculturas de bronce y palmeras que reformaron esta parte de la ciudad en 2021. Es el espacio público más popular de Zihuatanejo. Por las mañanas llegan las barcas con la pesca, por las tardes los niños juegan en la cancha municipal y por las noches algunos restaurantes encienden velas frente al mar para parejas enamoradas. 

En las callejuelas laterales, El Jumil es una tienda de artesanía en madera que Magdaleno Flores, a quien todos llaman Maleno, regenta desde 1982. Sus barcas y máscaras talladas rinden homenaje a las raíces purépechas de la región con esos colores vivos que solo la artesanía mejicana es capaz de combinar con acierto. Maleno no habla mucho mientras trabaja y eso también forma parte del trato.

Unas manzanas más abajo, en el número 70 del Paseo del Pescador, La Angustina funciona en la misma dirección, pero desde otro ángulo. El chef Felipe Meneses y su hermano, el mezcalero Antonio Meneses, proponen una cocina que incluye insectos y maridajes de mezcal propio en un formato que resulta tan local como sorprendente. El chapulín en salsa de chile morita y el mezcal con notas terrosas que destilan ellos mismos conforman una experiencia que no tiene equivalente en la zona hotelera.

El Partenón: cuando la corrupción se convierte en mirador

A diez minutos en taxi desde el centro, subiendo hacia el cerro que domina la bahía de Playa La Ropa, se encuentra uno de los edificios más extraños del Pacífico mexicano. El Partenón de Zihuatanejo fue construido a finales de los años setenta por Arturo Durazo Moreno, jefe de la policía del Distrito Federal, como residencia privada y escenario de fiestas con la clase política y el espectáculo. Lo mandó levantar sobre 20.000 metros cuadrados, con 57 columnas de estilo griego, pisos de mármol y réplicas de tamaño natural del David y Apolo flanqueando los jardines. Costó aproximadamente 700 millones de pesos de la época. Fue utilizado apenas unos años antes de caer en el abandono en 1982, cuando se comprobó que, como ya imaginabas, tanto dinero venía de orígenes muy turbios. 

Desde 2024 es el Centro Cultural El Partenón, restaurado con 15 millones de pesos y abierto de martes a domingo. La piscina donde antes nadaban los invitadoses ahora un escenario al aire libre donde los fines de semana se celebran conciertos y actuaciones en vivo de artistas internacionales. Las habitaciones interiores, antes reservadas a las fiestas privadas de la élite política, acogen exposiciones de arte local y muestras de artesanía guerrerense. 

El Partenón fue durante décadas el símbolo más visible del abuso de poder en Zihuatanejo, construido con fondos de origen ilícito sobre terrenos del ejido local, y su transformación en un recinto abierto a todos los que antes quedaban fuera de sus muros tiene algo de reparación colectiva. La vista sobre el atardecer en la bahía es, sin exageración, la mejor de Zihuatanejo.

Barra de Potosí y los Morros

A cuarenta minutos al sur de Zihuatanejo por la carretera costera, Barra de Potosí es una comunidad de unas 600 personas que ha decidido que la pesca y el ecoturismo son suficientes para vivir bien. Restaurantes de palapa frente al mar y una laguna de más de 300 hectáreas con cuatro variedades de manglar y más de 270 especies de aves censadas. La barra es el banco de arena que separa la laguna del mar y su apertura o cierre depende del nivel de agua y de las lluvias.

Llegar al amanecer tiene una recompensa difícil de igualar. Cuando todavía no hay nadie en los restaurantes y la luz rasante toca el manglar desde el este, los patos buceadores, los pelícanos y las garzas doradas se mueven entre las raíces del mangle rojo con una indiferencia total hacia el visitante. El recorrido en lancha empieza en la laguna, serpenteando entre los manglares mientras el guía señala aves que uno no habría visto solo. 

Y termina en mar abierto, frente a los Morros, ocho formaciones rocosas que emergen del Pacífico a unos kilómetros de la playa y que los locales llaman también las Piedras Blancas, por el guano blanquecino que les ha dado color a lo largo de décadas de colonia de fragatas, bobos cafés y rabijuncos. El oleaje golpea las cuevas con un ruido sordo y dentro, cuando la lancha se mete entre las rocas, la luz cambia de golpe y el agua se vuelve de un verde casi fosforescente.

Avistamiento de ballenas: lo que saben los pájaros

Rafa lleva trece años trabajando con las ballenas de esta costa. Antes de eso participó en el proyecto de investigación que durante cinco años estudió los patrones de migración de la ballena jorobada en estas aguas y que llevó a la certificación oficial de Ixtapa-Zihuatanejo, Petatlán y los municipios vecinos como zona de avistamiento. La temporada oficial transcurre entre mediados de diciembre y finales de marzo, aunque los primeros ejemplares llegan ya en noviembre, cuando el agua empieza a tener la temperatura que buscan. Más de 70 capitanes locales están habilitados para los recorridos.

La lancha sale de Barra de Potosí con el sol todavía bajo y el horizonte sin definir del todo. Lo primero que aparecen son las aves: fragatas, pelícanos cafés y bobos en grandes formaciones que se mueven con una dirección precisa sobre el mar. Rafa lo conoce bien: donde hay pájaros concentrados, suele haber ballenas debajo. Los pájaros y los cetáceos comparten bancos de pesca y aprender a leerlos es parte del oficio. La búsqueda tiene esa tensión particular de mirar una superficie que no da pistas hasta que de repente las da todas a la vez.

El chorro suele aparecer primero. Una columna de vapor que rompe la calma del Pacífico a pocos metros del barco. Luego el lomo oscuro, curvo, enorme, que asoma un instante antes de hundirse. Y después, cuando la ballena se prepara para una inmersión larga, la cola. Los dos lóbulos elevándose sobre el agua con una lentitud que parece calculada, como si el animal supiera que eso es lo que todos están esperando ver. Se esconde tan rápido que la foto siempre llega tarde, pero eso añade algo de magia a la experiencia. 

El protocolo impide acercarse a más de cierta distancia, lo que obliga a mirar con más atención y convierte cada aparición en algo que no se puede dar por seguro. Rafa explica que los animales han ido perdiendo el recelo hacia las lanchas con los años. Se acercan de a poco, como si fueran midiendo hasta dónde confiar. La confianza, en el mar, también se construye despacio.

El jueves y el pozole

El jueves es el día más importante de la semana gastronómica en Guerrero. La tradición del jueves pozolero tiene raíces en la solidaridad comunitaria de las cosechas de maíz en la montaña guerrerense. Los miércoles se recogían los sobrantes y se hacía una comilona que se alargaba hasta el día siguiente. Una versión alternativa sitúa el origen en Teloloapan en 1821, cuando las tropas de Vicente Guerrero y Agustín de Iturbide celebraron el abrazo de Acatempan con la mezcla que dio lugar al pozole tal y como se conoce hoy. 

Sea cual sea la versión correcta, el resultado en la práctica es que en toda la costa de Guerrero los restaurantes llenan el jueves a mediodía con el rito de la botana y el caldo. La botana llega primero. Chicharrón, taquitos dorados, tamales nejos, totopos y rábanos que preparan el estómago y la conversación. Después, el pozole.

El pozole guerrerense consiste en un caldo de cocción larga hecho con maíz cacahuazintle, una variedad de grano grande que tras el proceso de nixtamalización se abre como una flor, de ahí que los granos cocidos reciban a veces el nombre de flores. El fondo es de cerdo, de pollo o mixto, con esa densidad que solo da la cocción prolongada de huesos y cabeza. 

En Guerrero la versión más pedida es el blanco, el caldo sin chile en la base, de color marfil y sabor intenso que llega a la mesa con una guarnición aparte: lechuga en juliana, rábano, orégano seco, cebolla picada, chile y una buena cantidad de limón. Cada comensal lo construye a su manera sobre el plato, añadiendo lo que quiere en el orden que prefiere. El verde lleva salsa de tomatillo y chile verde integrada en el caldo desde el principio, con un carácter más herbáceo y una presencia más directa del picante.

El Restaurante El Teosintle, en la entrada de Zihuatanejo, lleva casi cuatro décadas sirviendo pozole los jueves y sábados, en un espacio al aire libre con música en vivo que ha convertido cada semana en un rito familiar. 

La isla y un atardecer en catamarán

La Isla de Ixtapa se alcanza en diez minutos desde el embarcadero de Playa Linda. Las barcas salen con frecuencia continua hasta el anochecer. La isla tiene cuatro playas: Varadero, la más animada, con restaurantes de palapa y langostinos a la plancha. Coral, en el lado opuesto, donde los arrecifes permiten ver peces ángel y peces loro bajo el agua a poca profundidad. Cuachalalate y Sacrificio, más tranquilas. 

Y siguiendo en el mar, el inicio o el cierre natural de varios días en Zihuatanejo es el catamarán al atardecer. Desde el Puerto Mío salen varios operadores, entre ellos el catamarán Picante, con rutas por la bahía que combinan snorkel en Playa Manzanillo con la puesta de sol en mar abierto. El Pacífico a esa hora cambia de color cada pocos minutos y la bahía vista desde el agua, con el pueblo a un lado y el cerro del Partenón al fondo, tiene una geometría que solo se entiende desde ahí. Mezcales, mojitos o chelas bien frías no pueden faltar en este bonito paseo marítimo. 

De las Brisas a Punta Garrobo

Las Brisas Ixtapa y el Hotel Azul Ixtapa son dos propuestas que representan opciones distintas dentro del mismo segmento. Las Brisas, obra del arquitecto Ricardo Legorreta, se asienta sobre los acantilados de Playa Vista Hermosa con 416 habitaciones con terraza privada y hamaca, rodeada de selva y con campos de golf. Azul Ixtapa, en la Zona Hotelera II frente a Playa Azul, opera bajo un concepto eco-ambiental enclavado entre una reserva natural y el Pacífico, con cinco restaurantes y una arquitectura más contenida. Los dos funcionan con un todo incluido y los dos son puertas de entrada válidas al destino, aunque con caracteres distintos. 

Lo que está cambiando el mapa del lujo en esta costa es Punta Garrobo, el desarrollo residencial privado que crece sobre los acantilados por encima de Playa Las Gatas, al suroeste de Zihuatanejo. Sus 82 hectáreas encajan entre la Sierra Madre y el Pacífico y las villas, diseñadas por el arquitecto Enrique Zozaya con materiales locales y ventilación natural, se venden por encima del millón de dólares. La comunidad tiene acceso directo a Playa Las Gatas, reserva ecológica y un hotel SLS previsto. Para quien no tenga previsto comprar ninguna villa por el momento, la mejor razón para subir hasta ahí es el restaurante Kau Kan.

Ricardo Rodríguez, el chef, se formó en cocinas de Francia y España antes de volver a la costa de Guerrero para cocinar con lo que el Pacífico ofrece aquí: pargo, pulpo, medregal, atún y raya, trabajados con técnica sin que la técnica se note demasiado. El ceviche de marlín marinado en cítricos y el pulpo a la plancha son los platos que mejor resumen su propuesta. Para llegar hay que tomar un taxi hasta la entrada de Punta Garrobo y subir en carrito de golf hasta el restaurante. La vista sobre la bahía de Zihuatanejo al atardecer justifica de sobra el trayecto.

FICHA DE NAVEGACIÓN

Posición en costa. Ixtapa-Zihuatanejo se sitúa en la costa del Pacífico mexicano, estado de Guerrero, a 110 millas náuticas al norte de Acapulco y 180 millas al sur de Manzanillo. Es escala habitual en la ruta de crucero entre el canal de Panamá y la costa de Baja California.

Marina Ixtapa. Es la instalación de referencia para la navegación de recreo en la zona. Se encuentra en el extremo norte de Playa El Palmar, dentro de la zona hotelera de Ixtapa. Cuenta con 583 posiciones de atraque para esloras de entre 15 y 200 pies, con suministro eléctrico en amperajes de 30, 50 y 100 (monofásica y trifásica), agua potable, servicio de vaciado de tanques y vigilancia las 24 horas. El astillero dispone de travel lift de 100 toneladas. Las tarifas varían según eslora y duración de la estancia, con paquetes de larga temporada. Contacto por VHF canal 14. Tel. +52 755 553 2012.

Combustible. Estación PEMEX 8842 en el Peine I de Marina Ixtapa. Despacha diésel (80.000 litros de capacidad) y gasolina premium (50.000 litros). Horario: lunes a sábado de 8:00 a 18:00 y domingos de 9:00 a 14:00. Cargo de muelle del 17% sobre la venta.

Servicios de reparación y varada. El astillero de Marina Ixtapa es la única opción de varada con medios mecánicos en la zona. Dispone de rampa de botado para embarcaciones menores de 30 pies.

Clima y vientos. La temporada seca y de navegación favorable transcurre entre noviembre y abril. En temporada de lluvias (mayo-octubre) predominan los vientos del suroeste y son frecuentes los chubascos vespertinos. La temperatura del agua ronda los 28-29°C entre diciembre y marzo, coincidiendo con la temporada de avistamiento de ballenas jorobadas.