Riverside Ravel: el lujo de dejarse llevar por el río
A bordo del Riverside Ravel, el lujo de un hotel de cinco estrellas acompaña una travesía por el Ródano entre viñedos, ciudades históricas y la naturaleza de la Camarga.
Llevo años imaginando los cruceros fluviales con esa mezcla de curiosidad e indecisión que se aplica a los planes que uno pospone sin razón concreta. En mi cabeza imaginaba un barco pequeño, camarotes incómodos, paisajes de postal y una cena de buffet discreta. La realidad del Riverside Ravel desmontó esa imagen con bastante rapidez en los primeros veinte minutos a bordo tras recibir una copa de Champagne de bienvenida y conocer a un mayordomo que se ofrecía a deshacer mi maleta. El mejor inicio posible para lo que sería una experiencia de auténtico lujo flotante.
Riverside Luxury Cruises es una compañía relativamente joven respaldada por el grupo hotelero alemán Seaside Collection, conocido por sus hoteles de cinco estrellas en Canarias y las Maldivas. El Ravel fue construido en 2018 para la desaparecida Crystal River Cruises y rebautizado en agosto de 2023 en Viviers, Francia. Que la empresa que lo opera provenga del mundo hotelero de lujo es un detalle importante. Se nota en todo, desde la forma en que están concebidos los espacios comunes hasta la actitud del personal, más cercana a la de un hotel boutique que a la de una compañía de cruceros convencional.
El nombre tampoco es casual. Maurice Ravel fue considerado meticuloso y obsesionado con el detalle. Su Boléro es una composición que avanza lenta y constantemente, con un ritmo que no se apresura nunca. Como este crucero.





Así es el barco
El Ravel mide 135 metros de eslora y 11 de manga, lo que en términos fluviales es una embarcación de tamaño generoso sin resultar excesiva. Está formado por cuatro cubiertas. La inferior reservada a camarotes de tripulación, lavandería de autoservicio y gimnasio. La segunda y la tercera con las suites de pasajeros y los espacios de restauración. Y la cubierta superior, la Vista Sundeck, con una barra emergente que convierte el techo en el lugar más animado del barco al atardecer.
El salón Palm Court ocupa la parte central del barco con ventanas de suelo a techo que se prolongan en un techo parcialmente acristalado, de manera que la luz natural entra desde arriba y desde los costados simultáneamente. La decoración es contenida y elegante: paredes con paneles blancos, techos abovedados, cortinas de seda gris y detalles de mármol y cromo.
La piscina interior, en la parte trasera, es otro de los grandes aciertos del diseño. Un espacio de tipo solárium con tumbonas y una corriente acuática para quienes quieran nadar. En un barco fluvial, una piscina así es una rareza que se agradece especialmente en los tramos largos entre puertos.




Unas suites de las que no apetece salir
El Ravel es un barco de suites exclusivamente. Las 55 cabinas comparten algunos rasgos independientemente de su categoría: ventana panorámica de pared a pared con apertura regulable, cama king size convertible en dos individuales, armario vestidor, cuarto de baño de mármol con ducha lluvia y minibar incluido. Los tejidos son terciopelo y cuero en colores que remiten a la naturaleza del entorno: verdes apagados, ocres, grises cálidos. Las categorías van desde las Melody Suite y Symphony Suite, de 18 m², pasando por las Seahorse Suite y Riverside Suite, de entre 22 y 24 m², hasta las amplias Bach, Debussy, Mahler y Ravel Suite, de 47 m². Por encima de todas ellas se sitúan las dos Owner’s Suites, de 71 m², entre las mayores que pueden encontrarse actualmente en los ríos europeos. Todas incluyen servicio de mayordomo, que entre otras cosas puede hacerte la maleta o traer cualquier consumición a la habitación.
La habitación, con la cama frente a la ventana panorámica, nos permite dormir y amanecer mirando el paisaje. El Ródano al amanecer, con la niebla sobre los viñedos y los primeros pueblos medievales asomando en la orilla, es una forma maravillosa de comenzar el día. Eso, claro, cuando el barco está en movimiento. Porque también puedes amanecer fondeado en el muelle de una ciudad y contemplar a través de la misma ventana panorámica a una señora con carrito de la compra y a varios niños con mochila camino del colegio. Dormir con pijama, por tanto, es más que recomendable.



La gastronomía, un punto diferencial
La propuesta culinaria del Ravel ha sido reconocida repetidamente como la mejor de los cruceros fluviales europeos y tras unos días a bordo resulta difícil discutirlo. El barco organiza su oferta en varios espacios y momentos del día.
El Restaurante Waterside es el comedor principal y el corazón de la vida a bordo. Los desayunos y almuerzos funcionan con un buffet, pero con un matiz importante. El área de autoservicio está físicamente separada del comedor, en una sala aparte, de manera que quien está sentado no percibe las colas ni el trasiego de gente.
Las cenas, en cambio, son de servicio completo en mesa, con menús de varios pasos que cambian cada noche y que incorporan ingredientes locales trabajados con una calidad que rara vez se encuentra en un barco. El pan, los pasteles y la bollería se elaboran a bordo cada mañana.
El Bistro, en la cubierta tres, funciona durante el día como espacio informal para bocados ligeros, dulces, café de especialidad, helados y batidos. Algunas noches se transforma en restaurante alternativo con una carta de tapas internacionales de servicio compartido. En la misma planta, encontramos el Palm Court, que durante todo el día es el espacio de ocio con música y espectáculos por la noche.
El Vintage Room es la joya secreta del barco. Una sala privada para un máximo de diez comensales donde el chef y el sumiller ofrecen en algunas noches un menú de seis a siete pasos con maridajes seleccionados.
La cuarta opción es la más espontánea y la más disfrutona. Cuando el tiempo acompaña, al menos una vez por travesía, el barco organiza una barbacoa en la azotea de la Vista Sundeck. Langostinos tigre, cortes de carne, pollo, cerdo y salchichas a la brasa sobre la cubierta superior mientras el Ródano nos acompaña es, sin ninguna duda, el mejor momento del viaje.
Los vinos del Ródano, desde el Condrieu blanco hasta el Châteauneuf-du-Pape, acompañan cada tramo con la lógica de beber lo que vemos en los paisajes que atravesamos.

La ruta por el Ródano
Una de las virtudes del Ravel es la flexibilidad de sus itinerarios, que permite adaptarse a distintos tipos de viajero. Los recorridos más cortos, de tres o cuatro noches, son la opción ideal para quien quiere incorporar el crucero a un viaje más amplio por Francia o para quien se acerca al formato fluvial por primera vez sin comprometerse a una semana completa. El de cuatro noches, por ejemplo, cubre el tramo entre Lyon y Aviñón con varias paradas intermedias como Vienne, ciudad romana que ya tenía 30.000 habitantes en el siglo II; Tain-l'Hermitage y su gemela Tournon, unidas por el puente colgante de Marc Seguin; o Viviers, uno de los pueblos medievales más bonitos del sur de Francia.
El itinerario de ocho noches es el más completo y desciende hacia el sur hasta Arles, la ciudad que Van Gogh eligió para su periodo más productivo. Pero el recorrido no termina ahí. El barco sigue bajando hasta el delta del Ródano, la zona más salvaje del río, donde se divide en brazos entre marismas, flamencos rosados y manadas de caballos camargenses. Desde el punto más meridional de la ruta, el barco remonta el río y el itinerario concluye en Aviñón, con el Palacio de los Papas y el Pont Saint-Bénézet como cierre natural de un recorrido que ha cubierto el Ródano de norte a sur.